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Lado B

Cállate
Siéntate bonito
Toma trescientos sesenta y cinco días
Escucha mis latidos
Los pies en puño
Calados
Rechina
Solo rechina la garganta
Regurgita
Respira
Regurgita
Respira
Acepta nomás
Respira
Regurgita
Siéntate bonito
Cállate
Aprieta los latidos
Hoy será
hoy
quizá mañana
o pasado
Pasado mañana
Posiblemente
cuando amaine la suerte

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Acaecer

A veces me olvido de la necesidad de salir y salir a caminar
como en aquellas épocas, cuando mis ojeras viajaban solas
¿te acuerdas aún?
Los días que acostados esperábamos un café
un sueño y mermelada
Eran días de fiesta que quizá y vuelven
cuando duermes
Pasa
Pasa que me siento
Pasa que cada vez
me siento más terco
Y no es el corazón del mar que me escucha
solo siente la vida vibrar
y esperar sin más excusa
la vida
acecha

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Últimos días en el paraíso

Me he comenzado a preguntar acerca del tiempo y las conversaciones. Acerca de la posibilidad de acercarse a uno mismo a través de los diarios personales. Me he visto en la necesidad de volverme a encontrar, y lo que he encontrado al buscarme han sido mis viejas bitácoras desperdigadas por la red, reunidas aquí, recortadas, borradas, ocultas, grabadas.
Y encontré el hilo que conduce al pasado.
Al momento en que cambié o intenté cambiar.
Y me gusta o quizá me extraña quien era y quien soy.
Hasta el momento.

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El relicario

A mi esposa siempre le gustó el relicario que le regalé cuando nos casamos. La joya era pequeña, labrada en plata y había pertenecido a mi madre, quien, a su vez, la había recibido de su madre, según sé. Al abrir el interior, la foto de una mujer joven, casi una niña, se asomaba por el lado izquierdo; del derecho, enmarcado en un blasón antiguo, solo tres palabras: “ALEA IACTA EST”.

Nunca le pregunté a mi madre mientras lo usó qué querían decir. Al hablar de él, solo me decía que todas las mujeres de nuestra rama, las menores, lo usaban. “Solo mujeres y solo de nuestra sangre” –me repitió con un hilillo de voz minutos antes de morir. Con un temblor de manos, madre señaló débilmente el relicario. Yo pensé que esa sería su última acción, pero dijo algo más en su lengua materna, algo que no entendí bien, pero quizá fue: “a la tumba, claveles”.

Unos años después, con los ojos ya gastados, llevaría el ramo de claveles a la tumba de mi esposa, una mujer joven, casi una niña, cuya foto sonríe apenas desde el lado izquierdo del relicario que lleva mi hija.