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Hacia el rosedal

¿Nos volveremos a ver?
Encontrar tu silueta y
desaparecer en las cenizas del día.

Habrá tiempo para todas las personas,
que conversan del arte y del almuerzo
y leen magazines en el sofá.

Habrá tiempo,
tiempo,
corregir las palabras de tus hijos.
Como una canción de cuna,
que todas las noches llama,
todo futuro es ineludible.

Habrá tiempo para ti otra vez,
y tu sutil y enojada silueta.
En noches infinitas
con alguien más,
o quizá soy yo,
escuchándote hablar
de las danzas y las zanahorias.
Es lo mismo, en el futuro
en que no nos volvimos a encontrar.

Habrá tiempo para regresar tu mirada
detrás de los corredores y soñar
con niños tranquilos libando tu vida,
escucharlos en una lengua extraña,
y sollozar.
Todo futuro es irredimible.

¿Y habrá tiempo para mí
y mi mirada en el tiempo?
¿Cruzar las puertas del rosedal
que tanto planeábamos ver,
pero al que nunca pudimos ir?

Porque no puede ser posible,
Hay que reclamar con voz en fuerza.
Que para todos hay vida,
pero que a veces
solo queda morir
en la puerta del
ineluctable
horno del tiempo.

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Anima tenebris o Canción de despedida de Laura Palmer

Nada se evoca
minutos antes de morir.
Mi breve vida no pasa ante mí,
solo mis sentidos entienden
que pronto no estaré.
Sabor a hierro o tierra o sal.
Mis ojos no abro,
o quizá no pueda.
Tal vez agonizo o
ya he muerto.
¿Me extrañarán?

No fue un día cualquiera
cuando me encontraron.
Boca abajo,
sin alma.
Lloraron en el pueblo todos,
incluso gente que no conocía.
Claro que
no soy yo, es a la otra,
a quien extrañan.
Aquella que imaginaron,
que amaron.

Yo
tampoco soy a quien tú extrañas,
son las memorias, días de fiesta,
atardeceres junto a mamá.
Aquel sábado de invierno en la panadería,
sentados en el piso.
Y el bosque.
Curioso volver a sentir
el escampado aroma de hojas frescas
este día.

Tú te levantas un día y no sabes
que hoy vas a morir.
Casi
compensa toda
la oscuridad, la cólera.
Y sin embargo,
me muero y tan cerca.
Simplemente
como apagar una vela
el día de tu cumpleaños.

¿Y cómo le dirás a madre,
cuando mi alma en silencio encuentren,
mis vítreas pestañas rozando el suelo?

Los severos ojos del bosque,
veo en ti hoy.
Abrázame,
como
cuando la luz se apaga
y no puedes dormir.

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Arte poética

Para escribir verso rimado
tan no hace falta talento,
haber nacido volteado,
ni aspirar el aire atento.

Para emanar voz oscura,
es menester diccionario,
folio arcano, entraña pura,
bastante de tiempo y horario

Para insuflar vida al ritmo,
busca entonar cada estrofa,
cabe intentar solo en prosa,
desarrollar un sentido.

Pero,
lo más importante,
no necesitas sufrir
ni esperar un genio.
Ni demandar elogios para
seguir escribiendo
canciones horrísonas
que la gente
en silencio lee.

Solo hace falta
tiempo,
matar las hadas,
la belleza,
y los días cálidos.

Es
mejor
escribir con hambre,
reír con tirria, rencor y rabia,
esperar que la carta fría
la entiendan todos.

Desde el fondo,
escribir
es
una carta que se burla de la luz
y de las flores.
Una carta que,
perdida,
reniega
de las frutas,
del amor y la ternura.
Una carta que se ríe de
la esperanza,
más aún,
de la vida
para abrir
nuevos sentidos
en los corazones.

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Canción de Navidad

Bajamos las escaleras casi en silencio
tocando apenas nuestros meñiques
al vaivén de las pisadas,
el eco de nuestros pasos haciendo vibrar
la madera vieja de nuestro hogar.
Para cuando llegamos al nivel del piso
la ventana diminuta
allá arriba
apenas reflejaba
los míseros rayos de un pequeño sol.
Frío.

No,
no nos vayan a ver.
Me quedé callada sin saber qué hacer.
Esperé, esperé,
¿por qué te habré seguido?
Te llevaré a ver algo maravilloso
algo que nunca verías en ninguna vida.

Voces,
escucho voces, le dije.
No nos verán,
la noche ya llega y nuestra
oportunidad de ver parte
de algo inmenso.

Asustados nos escucharon,
los que pudieron,
incrédulos,
esa noche.

Miré su rostro brillante,
y su sonrisa.
¿Adónde vamos?

A la esperanza,
entre animales
vimos.
Tocamos su rostro en silencio,
sentimos la muerte nacer.
¿Es que esto va a morir?
Sí,
es un ser para la vida.
Despegué mi mano, ardiente.
Imposible,
volvamos,
no puede ser,
vamos.
Me quedaré con él,
qué afán,
Le quitaré esa vida,
inútil.
Me quedaré y tú te irás.
Buscaré la forma,
¡no podrás
volver!

Y seguí nanas cantando,
dulcemente,
hasta altas horas de la noche.

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Prometheus

Por favor, les digo, vengo de la
residencia.
Les señalo, la antigua, señorial
al final del horizonte,
Olalla.

En esa casa no, me dicen.
Nadie vive,
no habitan mujer u hombre,
Satán, me dicen.
Satán.

Ignorantes,
supersticiosos.
He vivido allí contigo,
Olalla.

Mis brazos muestro,
inequívocas señales que dejaron
de Olalla.
Se persignan,
me lanzan nombres,
como si la noche caído hubiera
a sus ateridas caras.

Sonrío,
no me entienden.
Discípulos
necios del tiempo,
sigan mi estrella.
He pasado mucho,
mucho en la residencia.
¿De mí, no se acuerdan?
Tantas noches
al lado de Olalla,
para ustedes pasadas.

Beban mi sangre,
limpien sus ojos
con ella,
cual nunca han nacido
de Olalla.

¡Atrás, endriago!
A nosotros no engañas
con palabras horribles,
sin sentimientos
que hipnotizan,
sin forma.
Palabras viejas,
taimadas,
añejas,
rimadas.
¡Incomprensibles!
¡No eres nosotros,
no eres uno de nosotros!

Después de un día,
mis mayores
esperanzas
caen,
con mi sangre,
lágrimamente
al suelo baldío

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Un lunes cualquiera

El día insulso que te conociera,
en sombría tarde de otoño entrante,
cobró sentido el mundo en adelante,
burlar tragedia indigna Dios pluguiera.

Me vence la miseria de postrera
hora, el aroma tan suave y agobiante
de brazos tuyos que hoy extraño, anhelante
del placer de un lunes de amor cualquiera.

¿Por qué entonces sigo vivo ahora?
Si el lóbrego abismo, tu ulterior sueño
inexorablemente me devora.

Saborear tu alma, herir tu desdeño,
abrazarte un lunes a primera hora,
inútil destino, pírrico empeño.