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aout, parte 2

Hola niño bueno, me dijiste como si nos hubieramos despedido ayer, usando ese nombre que tanto nos había hecho reír, ese nombre que me describía tan bien, tan parecido a un idiota de una novela que leímos, luego lo descubrimos, casi simultáneamente sin conocernos.
 
Levanté la mirada y te vi aparecer, sí, igual que siempre, con el pelo ondeado y rojizo y las pecas, la sonrisa a medias, las ojeras, toda tú de nuevo frente a mí en ese pequeño y pobre restorancito en que me refugiaba del frío y de la gente.
 
-Por Dios, eres tú- respondí un poco atropelladamente. Deseaba tanto que fueras tú.
– Ya te convenciste que fue tu peor error terminar conmigo?- me dijo mientras se acomodaba en el asiento frente a mí. Nos cogimos la mano como antes y reímos.
– No es por eso que he vuelto. La verdad necesitaba conversar con alguien, necesitaba que me escuches tú por lo menos, Tere. Te he extrañado como no tienes idea, y tú sabes que por más solitario e independiente que sea, odio vivir solo, y la idea de no tener nadie a quién contarle de mí y mis cosas me desespera.
 
Ella me miraba, contenta, pero también con algo contenido, como si hubiera querido contarme algo a su vez, pero esperando, como siempre esperaba, a que fuera su turno, turno que en el fondo sabía que no le daría, porque yo de escuchar no era muy bueno, egoísta de mí aunque sincero siempre.
 
– No sé como empezar, sé que no nos hemos visto en años. Salgamos de aquí.
 
Nos tomamos del brazo al salir y tomé el primer taxi que pasó por la avenida. En el camino hablábamos animadamente de la vida y del trabajo, reía  de mis apuntes, como siempre y yo apretaba su manita blanca entre las mías, por debajo de la línea visual del espejo retrovisor del taxista, sintiéndome cómplice de alguna fechoría.
 
Llegamos a mi apartamento cuando empezaba a oscurecer. La senté en la sala y le serví una copa, llamé al delivery y les dije que se demoraran una hora al menos. Me senté en el baúl de centro de mesa, frente a ella y la tomé de las manos, mirándola.
 
-Entonces, quién es ella?- me fusiló. Con esa sonrisa de convencimiento que siempre ponía cuando sabía que me iba a sorprender, me repitió, quien es ella?, te conozco mejor que nadie, tiene nombre?
 
En verdad me conocía mejor que nadie, siempre me había entendido mejor que nadie, por eso había imaginado que la amaba en la adolescencia y lo hice años después. Si había vuelto y querido saber de ella era porque alguien más había llegado a mi vida para romperla, para traer nuevas opciones, romperla, poner todo patas arriba y hacerme dudar de mí. Por eso necesitaba de alguien que me conociera como ella, de una especialista en mí, de alguien que me dijera qué hacer, qué no hacer, porque yo no lo sabía.
 
Olalla. Se llama Olalla- le dije.
Soltó una risita. Debería sentirme celosa, siempre creí que volverías por mí- se volvió a reir divertida.
 
Lo iba a hacer el día de tu boda- confesé. Pero pensé que me vería demasiado cursi, no crees? Muy novelesco, muy tonto.
Cómo te enteraste? Si fue una ceremonia recontra privada. En parte por ti la hice privada, te conozco y sabía que en el fondo ibas a querer impedir que me case. Rió nuevamente. Pero parece que no lo hiciste, qué te detuvo?
 
Mi madre me llamó apenas se enteró, me dijo sabes, Tere se nos casa, yo le cambié de tema. Llamé a algunos amigos en Lima y me enteré de la fecha. Llamé a la agencia en Madrid y compré mi boleto para llegar ese mismo día, calculaba un retraso de cinco horas y el taxi hora y media hasta la iglesia. En serio, tenía todo listo.
 
Entonces qué, me dijo seria esta vez, qué te detuvo?
 
Olalla. Conocí a Olalla en la sacristía de la iglesia, el mismo día en que tú te casabas. Pedía confesión urgente, porque ya no soportaba los celos y quería matar a la novia. Cuando entré y me vio vestido de negro, con mi maleta de mano y el deje español que no se me iría sino horas después me tomó por un cura y se abrazó a mi pecho llorando.
 
Padre perdóneme, ayúdemee, confiéseme, soy una criminal, y para colmo una ridícula, me dijo, mojando mi hombro. La calmé y le dije que qué sucedía, me dijo que quería matarte, que no soportaba los celos de que tú te casaras con su ex-novio. Salimos a caminar, quería escucharla, sí, cosa rara en mí quería escuchar lo que tenía que decirme por extraño que parezca, quizá porque cada cosa que dijera tendría que ver un poco contigo, me acercaría a ti, y a ese tipo con el que te casabas y al que odiaba ya doblemente…
 
Y Olalla entre sollozos me contó su historia.

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