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Acaecer

A veces me olvido de la necesidad de salir y salir a caminar
como en aquellas épocas, cuando mis ojeras viajaban solas
¿te acuerdas aún?
Los días que acostados esperábamos un café
un sueño y mermelada
Eran días de fiesta que quizá y vuelven
cuando duermes
Pasa
Pasa que me siento
Pasa que cada vez
me siento más terco
Y no es el corazón del mar que me escucha
solo siente la vida vibrar
y esperar sin más excusa
la vida
acecha

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Últimos días en el paraíso

Me he comenzado a preguntar acerca del tiempo y las conversaciones. Acerca de la posibilidad de acercarse a uno mismo a través de los diarios personales. Me he visto en la necesidad de volverme a encontrar, y lo que he encontrado al buscarme han sido mis viejas bitácoras desperdigadas por la red, reunidas aquí, recortadas, borradas, ocultas, grabadas.
Y encontré el hilo que conduce al pasado.
Al momento en que cambié o intenté cambiar.
Y me gusta o quizá me extraña quien era y quien soy.
Hasta el momento.

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El relicario

A mi esposa siempre le gustó el relicario que le regalé cuando nos casamos. La joya era pequeña, labrada en plata y había pertenecido a mi madre, quien, a su vez, la había recibido de su madre, según sé. Al abrir el interior, la foto de una mujer joven, casi una niña, se asomaba por el lado izquierdo; del derecho, enmarcado en un blasón antiguo, solo tres palabras: “ALEA IACTA EST”.

Nunca le pregunté a mi madre mientras lo usó qué querían decir. Al hablar de él, solo me decía que todas las mujeres de nuestra rama, las menores, lo usaban. “Solo mujeres y solo de nuestra sangre” –me repitió con un hilillo de voz minutos antes de morir. Con un temblor de manos, madre señaló débilmente el relicario. Yo pensé que esa sería su última acción, pero dijo algo más en su lengua materna, algo que no entendí bien, pero quizá fue: “a la tumba, claveles”.

Unos años después, con los ojos ya gastados, llevaría el ramo de claveles a la tumba de mi esposa, una mujer joven, casi una niña, cuya foto sonríe apenas desde el lado izquierdo del relicario que lleva mi hija.

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Hacia el rosedal

¿Nos volveremos a ver?
Encontrar tu silueta y
desaparecer en las cenizas del día.

Habrá tiempo para todas las personas,
que conversan del arte y del almuerzo
y leen magazines en el sofá.

Habrá tiempo,
tiempo,
corregir las palabras de tus hijos.
Como una canción de cuna,
que todas las noches llama,
todo futuro es ineludible.

Habrá tiempo para ti otra vez,
y tu sutil y enojada silueta.
En noches infinitas
con alguien más,
o quizá soy yo,
escuchándote hablar
de las danzas y las zanahorias.
Es lo mismo, en el futuro
en que no nos volvimos a encontrar.

Habrá tiempo para regresar tu mirada
detrás de los corredores y soñar
con niños tranquilos libando tu vida,
escucharlos en una lengua extraña,
y sollozar.
Todo futuro es irredimible.

¿Y habrá tiempo para mí
y mi mirada en el tiempo?
¿Cruzar las puertas del rosedal
que tanto planeábamos ver,
pero al que nunca pudimos ir?

Porque no puede ser posible,
Hay que reclamar con voz en fuerza.
Que para todos hay vida,
pero que a veces
solo queda morir
en la puerta del
ineluctable
horno del tiempo.

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Anima tenebris o Canción de despedida de Laura Palmer

Nada se evoca
minutos antes de morir.
Mi breve vida no pasa ante mí,
solo mis sentidos entienden
que pronto no estaré.
Sabor a hierro o tierra o sal.
Mis ojos no abro,
o quizá no pueda.
Tal vez agonizo o
ya he muerto.
¿Me extrañarán?

No fue un día cualquiera
cuando me encontraron.
Boca abajo,
sin alma.
Lloraron en el pueblo todos,
incluso gente que no conocía.
Claro que
no soy yo, es a la otra,
a quien extrañan.
Aquella que imaginaron,
que amaron.

Yo
tampoco soy a quien tú extrañas,
son las memorias, días de fiesta,
atardeceres junto a mamá.
Aquel sábado de invierno en la panadería,
sentados en el piso.
Y el bosque.
Curioso volver a sentir
el escampado aroma de hojas frescas
este día.

Tú te levantas un día y no sabes
que hoy vas a morir.
Casi
compensa toda
la oscuridad, la cólera.
Y sin embargo,
me muero y tan cerca.
Simplemente
como apagar una vela
el día de tu cumpleaños.

¿Y cómo le dirás a madre,
cuando mi alma en silencio encuentren,
mis vítreas pestañas rozando el suelo?

Los severos ojos del bosque,
veo en ti hoy.
Abrázame,
como
cuando la luz se apaga
y no puedes dormir.

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Arte poética

Para escribir verso rimado
tan no hace falta talento,
haber nacido volteado,
ni aspirar el aire atento.

Para emanar voz oscura,
es menester diccionario,
folio arcano, entraña pura,
bastante de tiempo y horario

Para insuflar vida al ritmo,
busca entonar cada estrofa,
cabe intentar solo en prosa,
desarrollar un sentido.

Pero,
lo más importante,
no necesitas sufrir
ni esperar un genio.
Ni demandar elogios para
seguir escribiendo
canciones horrísonas
que la gente
en silencio lee.

Solo hace falta
tiempo,
matar las hadas,
la belleza,
y los días cálidos.

Es
mejor
escribir con hambre,
reír con tirria, rencor y rabia,
esperar que la carta fría
la entiendan todos.

Desde el fondo,
escribir
es
una carta que se burla de la luz
y de las flores.
Una carta que,
perdida,
reniega
de las frutas,
del amor y la ternura.
Una carta que se ríe de
la esperanza,
más aún,
de la vida
para abrir
nuevos sentidos
en los corazones.