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Canción de Navidad

Bajamos las escaleras casi en silencio
tocando apenas nuestros meñiques
al vaivén de las pisadas,
el eco de nuestros pasos haciendo vibrar
la madera vieja de nuestro hogar.
Para cuando llegamos al nivel del piso
la ventana diminuta
allá arriba
apenas reflejaba
los míseros rayos de un pequeño sol.
Frío.

No,
no nos vayan a ver.
Me quedé callada sin saber qué hacer.
Esperé, esperé,
¿por qué te habré seguido?
Te llevaré a ver algo maravilloso
algo que nunca verías en ninguna vida.

Voces,
escucho voces, le dije.
No nos verán,
la noche ya llega y nuestra
oportunidad de ver parte
de algo inmenso.

Asustados nos escucharon,
los que pudieron,
incrédulos,
esa noche.

Miré su rostro brillante,
y su sonrisa.
¿Adónde vamos?

A la esperanza,
entre animales
vimos.
Tocamos su rostro en silencio,
sentimos la muerte nacer.
¿Es que esto va a morir?
Sí,
es un ser para la vida.
Despegué mi mano, ardiente.
Imposible,
volvamos,
no puede ser,
vamos.
Me quedaré con él,
qué afán,
Le quitaré esa vida,
inútil.
Me quedaré y tú te irás.
Buscaré la forma,
¡no podrás
volver!

Y seguí nanas cantando,
dulcemente,
hasta altas horas de la noche.

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Prometheus

Por favor, les digo, vengo de la
residencia.
Les señalo, la antigua, señorial
al final del horizonte,
Olalla.

En esa casa no, me dicen.
Nadie vive,
no habitan mujer u hombre,
Satán, me dicen.
Satán.

Ignorantes,
supersticiosos.
He vivido allí contigo,
Olalla.

Mis brazos muestro,
inequívocas señales que dejaron
de Olalla.
Se persignan,
me lanzan nombres,
como si la noche caído hubiera
a sus ateridas caras.

Sonrío,
no me entienden.
Discípulos
necios del tiempo,
sigan mi estrella.
He pasado mucho,
mucho en la residencia.
¿De mí, no se acuerdan?
Tantas noches
al lado de Olalla,
para ustedes pasadas.

Beban mi sangre,
limpien sus ojos
con ella,
cual nunca han nacido
de Olalla.

¡Atrás, endriago!
A nosotros no engañas
con palabras horribles,
sin sentimientos
que hipnotizan,
sin forma.
Palabras viejas,
taimadas,
añejas,
rimadas.
¡Incomprensibles!
¡No eres nosotros,
no eres uno de nosotros!

Después de un día,
mis mayores
esperanzas
caen,
con mi sangre,
lágrimamente
al suelo baldío

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Un lunes cualquiera

El día insulso que te conociera,
en sombría tarde de otoño entrante,
cobró sentido el mundo en adelante,
burlar tragedia indigna Dios pluguiera.

Me vence la miseria de postrera
hora, el aroma tan suave y agobiante
de brazos tuyos que hoy extraño, anhelante
del placer de un lunes de amor cualquiera.

¿Por qué entonces sigo vivo ahora?
Si el lóbrego abismo, tu ulterior sueño
inexorablemente me devora.

Saborear tu alma, herir tu desdeño,
abrazarte un lunes a primera hora,
inútil destino, pírrico empeño.

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Fin de noche

Casi lamento no haberte conocido
cuando era de día.

El sol abrasa
y mueve los corazones húmedos
hacia el vacío.

Una muerte
lentamente
extiende su sombra afable
entre tus piernas.

Escúchame esta vez
pues
casi lamento que sea de noche
y no pueda verte.

Detrás del mar
en el fondo de las montañas
yace un futuro
que no podré darte.

Casi lamento
haber vivido un día
un largo día
y noche
contigo.

Casi,
casi lamento que esta noche
llueva en tu corazón
lejano.

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Las invisibles puertas

¿Qué hubieras hecho si nunca nos
hubiéramos encontrado?
Como te lo contara antes,
de no conocerte,
nada sería
muy diferente.
Habría sido feliz.
Sonreído igual que siempre mirando el sol,
en un atardecer cualquiera,
al lado de
una persona cualquiera,
en infinitas oportunidades.

No estamos condenados
por lo que hicimos o dejamos de hacer.

Escucha el tiempo,
hojea tus manos,
las rendijas
latientes de tu vida,
aspira o
espira.
Nunca estarás más viva que hoy.
Tan solo cuenta
los segundos
muertos
que a tu lado dejas.
Cadáveres,
montañas vacías
mientras piensas
qué hubiera sido mejor,
que tal si,
cómo podría haber.

Abraza tu pulso,
olvida tu sotana y
deja los pantalones largos
para el ocaso.

Abraza
como yo
esa luz calma
que de ti emana
hacia ahora.

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Tiempo y sombra

Fue un mes de abril que te encontré
y andamos las deslucidas veredas
de Petit Thouars,
en días refundidos hoy
en el revés
de la memoria.

No fue un otoño duro,
lo recuerdo,
la mayor parte del tiempo la pasamos fuera,
reviviendo historias.
Ven conmigo al bosque, te dije,
y pasamos junto a la fuente de los peces blancos,
discusiones serias,
días sencillos.

Para vivir tranquilos nos inventamos
un nombre,
recuerdos
artificiales y
dialectos secretos.
Las tardes morían
entre bancas de parque,
chocolates sublime
y pedazos de algodón
de azúcar,
pequeños consuelos

Aún
en algún lugar
de tu memoria
estará el último día
Hasta mañana,
hasta mañana,
hasta hoy.

Debajo de tus ojos oscuros,
cadenas y
fruncidos labios.
Recité el nombre
en dialecto,
como antaño.
Arriaste la vista
En silencio
quedó
solo la sombra
sin patria
de un día de sol.

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Noches de invierno en el futuro

Leerme es como leer a un hijo que nunca

quise tener,

escuchar su llanto y frustraciones que lograron darme a luz.

Imperfecta-

mente

Un producto de la locura,

una posibilidad infinita.

Una sola vuelta en la calle equivocada y todo hubiera sido,

pudiera haber,

habría debido,

tendría que ser.

Es una inconmensurable coincidencia, ¿verdad?

Mis latidos son un gajo del tiempo,

polvo en la mar,

puedes darte cuenta, mon semblable, mon frère?

Si hubiera sido,

pudiera haber,

tendría que.

Todo sería diferente,

quizá como tú lo hubieras querido.

Poco a poco,

y a rendijas podemos detenernos y

observar

la otra puerta, como yo lo he hecho,

eterno caminante de caminos circulares.

Por detrás de la cerrada verja

¿escuchas mis pasos aún?

A la distancia en el tiempo,

¿sabes que estoy llegando, aún?

A dar la vuelta y encontrarme con tus migajas.

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Retornos

Hay días en los que se puede regresar el tiempo,

oler una canción exquisita que te transporta

unos veinte años en el pasado,

mirar los grilletes, las cicatrices y verlas desa-

parecer, escurrirse y recordar

cómo solían ser tus ojos, los ojos de

verdad que tenías cuando eras

niño y existías por encima del tiempo.

Y soñabas aún, el rostro hacia el cielo

las ilusiones intactas y el tiempo en pie,

a la espera del látigo fiel del músculo vivo.

Pensar que ha sido un día o quizá parte de un día

desde que llegaste a esta isla, enamorado,

¿será posible, Calipso?

Escucha mis lamentos, ninfa, y deja salir mi espíritu libremente

desecha mis cascarones

y rompe mis nuevas ilusiones, el caparazón de bronce

que he forjado para amarte.

Oh, Caribdis, amaina tu hado,

escucha mis ruegos, aclara mi destino

que lo único que quiero en este día

es llegar a casa

y abrazar mis días contigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Desde el fondo del barril

Regreso.

Pero no vengo solo.

Me acompañan mis ojeras y mi bolsa, los sonidos de mis chirriantes dientes que se van muriendo

el temblor en mis piernas graves,

y un denso tufo a recuerdo.

No tengo ya la calidez de mi melena cuidando mis hombros,

ni los dedos largos, delgados de hombre de lecturas.

Ahora mis hombros se hacen espesos,

y mis camisas se oxidan

solas,

como mis muñecas, tercas,

que aún no se enteran

del fin del verano.